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El sheriff PDF Imprimir E-mail
Narrativa

 

- Tim Carson, tengo que decirte que el viejo Noah se ha salido con la suya: el viernes se marcha de Clay City, a la casa de su hija en Memphis.

- Ya lo esperaba yo. Muchas veces he pensado en este momento, y para ello me he preparado disparando incansablemente en el patio a la tira de botes clavados en la cerca.

- ¿Y qué vamos a hacer?

- Bueno, Tim, de sobra sabemos que quieres ser “sheriff” desde hace mucho tiempo... Ahora es tu turno.

- Pero habrá que esperar a que los demás decidan, no voy a serlo sólo porque tú lo digas, - trato de no mostrar interés, desde luego sin mucho éxito.

- Mira, no me vengas con historias. Esta noche lo celebraremos en el “saloon”, y vas a pagar tú las rondas. Y ya puedes ir pensando en quién va a ser tu ayudante. Aunque creo que también lo tienes ya pensado.

En efecto: no pocas veces le he dicho a Johnny Laskin que se entrene con la pistola que le he prestado. No es que lo haga muy bien, pero por lo menos ya desenfunda sin que se le enganche en los pantalones o en el cinto.

*


Los días pasan con inexorable lentitud. En Clay City nunca ocurre nada, ni nunca ocurrió, ni jamás ocurrirá. No sé de dónde saqué yo que iba a ser más excitante esto que mi almacén de todo un poco, que yo llamo pomposamente “Ventana al Mundo”. Lo atiende Anna, muchachita tímida y eficiente, y de vez en cuando hago un pedido a Memphis con una nota que envío por la diligencia.

Johnny Laskin y yo hemos organizado muy bien nuestra oficina, con flamantes armas, unas banderas colgadas de las paredes y una cerradura nueva en la celda que sirve para encerrar a los maleantes. Celda que no hemos estrenado, salvo para meter una noche a un borracho particularmente latoso. Un solo borracho, una sola noche en tres semanas. Todo un record.

Sueño con una gran operación, en que me cubra de gloria capturando a unos bandoleros, o resolviendo un terrible crimen, o agarrando a unos falsificadores de moneda. Después, los titulares en la prensa del condado, y el gobernador que me impone una banda de honor, o lo que sea que colocan a los “sheriffs” que triunfan.

Mas nunca ocurre nada. Pero una noche, me levanto de un salto. He tenido la gran idea. Así que, por la mañana, cojo mi bolsa de cuero indio, que hace tiempo tenía guardada en el cobertizo, espero la diligencia, que llega a mediodía, y me voy a Memphis. Allí almuerzo tranquilamente y me dirijo al hotel Central, donde está. la mejor bodega de todo Tennessee y el bar más movido del condado. Busco una mesa en un rincón oscuro, y espero hasta que localizo a un par de tipos con la pinta adecuada. Les hago una seña y se acercan.

- ¿Qué tal un trago, amigos?

Me miran de reojo, pero se sientan, a ver qué quiero. Después de un par de whiskies, les hago la proposición. Tienen que robar el banco de Clay City.

- Ni hablar, nosotros no hacemos eso. Demasiado arriesgado. Y nunca sale bien.

Les explico mi plan. Ellos irán derechitos al banco, y se taparán las caras en el momento de entrar. Sacarán las pistolas -por supuesto, con balas de fogueo, no vayamos a tener un problema-, piden el dinero y se largan lo más rápido posible hacia sus caballos. Y entonces aparezco yo, les amenazo con un rifle, ellos se acojonan, tiran la bolsa y salen en sus caballos como alma que lleva el diablo.

- Mirad, ahora os doy cien dólares, y cuando hagáis el trabajo os daré otros cien. Ya sabéis, a mediodía en punto del día 14.


- Muy bonito.¿Y cómo sabemos que nos pagarás esa otra mitad?


- Sencillo: si no lo hago, vais y lo contáis todo, lo cual no me convendría en absoluto. Pero si lo largáis antes, nadie va a creeros.


- No parece difícil, ¿eh, Charlie? Por mí, vale.

Así que la cosa se puso en marcha.  Ya me veía en la portada del “News Star”, y con la banda con colores, o una medalla.


*


Llegó el gran día. Un poco antes de las 12, le dije a Laskin que me echaría una siestecita. “Si hay alguna novedad, me despiertas.”

Debí dormirme de verdad, porque me despertó Laskin, gritándome: “¡Están asaltando el banco, jefe! ¡Despierte, mierda!”

Y al levantarme precipitadamente, para cumplir con mi parte del plan, me enredé en la estera y me caí de bruces, golpeándome en la cabeza. De forma que volví a quedarme dormido.

Entre sueños, oí un tiro, lo que me despejó por completo. Este no era el plan; en mi plan no se disparaba ni un tiro. Salté, ahora sin enredarme en ninguna parte, y salí a escape de nuestra oficina.

Y al fondo de la calle, donde está el banco, alcancé a ver un caballo alejándose a escape. Y un grupo de gente. Y un hombre tirado en el suelo, con Laskin inclinado sobre él.

Después, el pandemonio: todos corren hacia mí, me quitan el rifle, me colocan unas esposas y me meten en mi propio calabozo. No entiendo nada en absoluto, pero parece que algo de mi plan no ha salido bien.

*

Durante el juicio en Memphis, todo quedó claro: pese a mis protestas de inocencia, era culpable como el demonio. Lo que ocurrió fue esto: llegaron “mis” bandidos, se alzaron con el dinero, lo metieron en mi bolsa, y salieron a escape. Ahí tenía que aparecer yo, pero yo estaba “groggy” en el suelo de mi oficina. Y ellos, alargando su partida, para darme tiempo de llegar, con lo que quien llegó fue Laskin. 

Laskin sacó su revólver, sin engancharlo en ninguna parte, apuntó y, por una vez, hizo blanco. El segundo “bandido” salió a galope tendido.

Laskin se inclinó, aturdido, sobre el pobre tipo, que agonizaba cubierto de sangre sobre el polvo:

- ¡Confiesa, bandido! ¿Cómo se os ha ocurrido venir a robar nuestro banco?

- Egrrr... el “sheriff”... él lo sabe to… ha sido el “sher...”.

Y se murió.

Todo estaba claro. Yo había “contratado” a los dos tipos, que gracias a Laskin no consiguieron huir con el botín. Y cuando un viejo conocido mío identificó mi bolsa con el dinero en el bolso del bandido, ya no hubo ninguna duda. De modo que me condenaron a la horca. La que ahora estoy viendo, desde la celda de mi propia oficina, mientras la terminan de construir en medio de la calle.

Llega Laskin, acompañando a un tipo delgaducho con lentes, junto a la reja de mi celda.

- Jefe..., digo Tim, aquí hay uno de Memphis que quiere hablar contigo.

- Carson, soy Bill Clemens, y le traigo algo que le gustará ver.

Y me entrega a través de los barrotes un ejemplar del “News Star”. En primera plana y con grandes letras, aparece la noticia del día: “Tim Carson, sheriff de Clay City, condenado a la horca por el robo del banco de su pueblo”.  

(2008, para "Historias de tierra adentro")
 

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