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Eficiencia total PDF Imprimir E-mail
Poesía

 

     Aquel día sonaban ocupados todos los teléfonos.

     Y ninguna mujer prestó atención alguna

     a piropos que nadie le decía.

     Se cambiaron muchos miles de cheques por minuto

     sin dar respiro a los cajeros,

     quie, por otra parte, tampoco lo pedían.

     Los autobuses circulaban veloces y espaciados,

     siempre por su derecha.

     No hubo interrupciones

     de gas, de agua o de energía.

     Un tren que siempre retrasaba

     llegó puntual y limpio.

     Los mecánicos, pronta y velozmente,

     no dejaron ninguna tuerca floja.

     Desaparecieron los ociosos de las calles

     al recordar que había tantas cosas que hacer.

     Se sirvieron cafés en tiempo récord

     que bebieron de un sorbo los clientes.

     Miles de películas fueron proyectadas

     ante millones de personas, que salieron

     en cuanto se enteraron de la trama.

     Solamente acudieron al museo

     turistas que llevaban la visita en su agenda:

     una ojeada y una foto

     para testimoniar 'yo estuve allí'.

     En la oficina pública

     no les fue posible a los solicitantes formar colas

     - excepto en un lugar, mientras cambiaban

     al empleado, fallecido de surmenage en su banqueta -.

     Por la noche, los escasos clientes de las mujeres públicas

     - todos ellos por prescripción facultativa -,

     con rauda y eficaz solicitud,

     fueron besados, amados, cobrados y olvidados.

     En resumen: aquel día increíble

     se alcanzaba la productividad total.

     No se inició esfuerzo alguno

     si no se encaminaba hacia un fin práctico.

     Por ello, no sonaron los clarines

     - a las cinco precisas de la tarde -

     en las plazas de América o España.

     Estuvieron desiertas las salas de conciertos

     pues la gente escuchaba el tocadiscos

     mientras por la TV llegaban las noticias

     y zumbaba la afeitadora eléctrica.

     El bestseller del día fue el resumen

     de un resumen de libros.

     No hubo conferencias ni asistentes

     en empolvadas aulas culturales.

     Ni cenas entre amigos, con coñac y un buen puro,

     sino un sandwich de queso y de jamón,

     sobre el clic-clic de hielo y cocacola.

     El viento susurró como otras tardes

     entre las mismas flores olorosas

     y las mismas estrellas brillaron por la noche.

     Mas nadie tuvo tiempo

     para el viento, las flores, las estrellas.

     Aquel día empezó la venta

     del robot 'todo-uso'.

     Aquel día las leyes abolieron

     los crucigramas,

     los paseos sin rumbo por los parques,

     los noviazgos de más de quince días,

     los autos deportivos, el ajedrez, el póker,

     los caballos de silla, la pesca y la oración.

     Se prohibió el aburrimiento,

     consecuencia del ocio y padre de las artes y los juegos.

     Aquel día eficiente y sumamente aséptico

     moría el 'Homo Sapiens'

     y llegaba, triunfal, el 'Homo Eficiens'.

 

(1966; en La suma imposible, 1968)

 

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