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Defensa de la palabra poética PDF Imprimir E-mail
Ensayo

 

La invitación que me hizo el Registro Creativo de la Asociación Canadiense de Hispanistas me dejó un tanto confuso. No por falta de temas que tratar dentro de nuestra arte amada, sino porque debería con mis palabras inaugurar una exposición de poemas convocada en mi homenaje. De inmediato, pedí que claramente se advirtiese a los posibles participantes que en modo alguno debían dirigirse los poemas a mí; bastante era que su conjunto me fuese dedicado. Y no por modestia, de la que a estas alturas de mi vida no carezco, y ay del que en sus postrimerías no la tiene, sino porque el tema no iba a dar ni para dos heptasílabos. Y pues que no quise leer poesía mía (que se puede encontrar en libros y leer mientras la TV nos ilustra), quizás procedía meditar en voz alta sobre qué creo yo que sea la poesía. Total, llevo casi tres décadas haciéndolo cada día. No es que esté más cerca de la verdad, si es que existe, que al principio, pero al menos sí empiezo a tener claro qué es lo que es mentira.

Para empezar, debo confesar que mi formación técnica me ha hecho siempre desconfiar de las teorías que circulan alrededor del fenómeno de la palabra y sus usos literarios. Claro, por esa misma formación, he tenido siempre gran respeto por la palabra. Sé que en cualquier frase de nuestra lengua, por inocente que parezca, hay multitud de significados, apilados unos sobre otros, y que nunca podríamos contemplar completos. Por ejemplo, "Estos días ha estado lloviendo sobre Madrid". Lloviendo, ¿qué? ¿Agua, o quizás dolor por los emigrantes, o por los drogadictos que mueren apaleados? ¿Qué Madrid? ¿La ciudad física, llena de árboles y zanjas? ¿El Madrid que somos, que respiramos, que constituimos sus habitantes? ¿Qué quiere decir "estos días"? ¿Tal vez los últimos tiempos? ¿Por qué "sobre" Madrid, y no "en" Madrid? ¿La lluvia, lo que sea que llueva, nos aplasta? ¿O acaso nos protege?

Con ese análisis, que sé superficial y que podría hacerse más significativo, vengo a explicar que, en cualquier poema, las posibilidades semánticas son muy complejas. Tanto que, incluso en muchos que quizás calificaríamos como "malos poemas", es a menudo posible encontrar auténticas perlas si se saben buscar bajo la grava de la vulgaridad o el lugar común. Alguien dijo que no hay libro del que no se pueda aprender algo. Yo creo que no hay poema del que no se pueda aducir mérito. Otra cosa es que me guste.

Pero eso no es bastante. Por lo mismo que la poesía es literatura concentrada, exquisitas gotas del zumo de la vida, el poeta no tiene excusa alguna para no dedicar al poema toda su atención durante todo el tiempo necesario. Decía Horacio que la obra hay que dejarla reposar siete años. Pero demasiados poetas afirman orgullosamente "este poema lo hice ayer". Qué necedad. Aunque así haya sido, con toda seguridad estará lleno de imperfecciones, que quizás el no iniciado no logre ver, pero que son evidentes a quien tiene conocimiento. Ese poema no debería salir del bolsillo de su autor hasta que lo repase desde todos los puntos de vista. Y hasta que no ponga en práctica un principio: "en todo poema sobra un verso", y lo aplique obstinadamente. Claro, quizás acabe por encontrarse con un papel en blanco. A no ser que se trate de un poema de diversión o compromiso, en cuyo caso no es poema sino versos, rimas sin trascendencia, aunque a veces divertidos.

Porque verso y poesía no son lo mismo, claro. La poesía es una interpretación del instante único y mágico que hace el poeta, cuando puede, que no siempre puede. Pero se pueden escribir mil versos, que suenen muy bien e incluso tengan una estructura agradable, sin que en ninguno de ellos haya un átomo de poesía, porque fueron dictados por el conocimiento solo, sin el elemento esencial de la magia, la intuición más allá de la superficie de las cosas, la destilación que precede a la obra de arte. Arte no es imitación, sino innovación, aporte, añadidura a lo que los artistas anteriores consiguieron. Un amigo poeta daba la mejor definición de buen poema que haya escuchado: "Sé cuándo me encuentro ante un gran poema, porque me dan ganas de morirme".

Por cierto, puedo recordar cómo en tantas ocasiones me han preguntado: "¿Y qué poesía le gusta más: la rimada, la social, la religiosa, el verso libre, la erótica, la breve o la extensa?" Mi contestación siempre fue: "la buena". Me acordaba de ello hace unos días, cuando leía en una revista granadina, excelente por otra parte, un largo y premioso artículo de cierto poeta en el que analiza la poesía del último cuarto del siglo XX. Sesudamente, encuentra nada menos que 16 clases, o géneros, o escuelas, o tipos de poesía en el horizonte hispano. Qué cosas. ¿No se dio cuenta este aprendiz de brujo de que encontrar 16 tipos de lo que sea es como no encontrar ninguno? ¿De que cada poeta pasa a lo largo de su vida, e incluso a lo largo de su día, por impulsos que le hacen escribir poesía de varios "tipos", social, religiosa, de la experiencia o qué sé yo? No, esas clasificaciones no sirven para nada. La única clasificación que me vale es entre "buena" y "mediocre". La prueba está en la disimilitud entre las listas de "mejores poetas" que barajan los distintos antólogos. Esto, claro, sin contar lo que esas listas están afectadas por amiguismos, clientelismos, modas o imitaciones.

Pero, preguntará el lector: ¿y qué es buena poesía? Ah, eso depende de él mismo. No veo mucho de positivo en seguir las orientaciones de tal o cual crítico. Pero tampoco es posible leer todo lo que se publica. Sobre todo, porque el escaso tirón que tiene la poesía entre el gran público obliga a ediciones cortísimas y sin apenas distribución. Y aunque se hacen reseñas de la mayor parte de los libros publicados, ellas no están al alcance más que de grupos minoritarios. Ni valdría la pena leer la mayoría de ellas.

Así, el lector medio está sometido a la dura tarea de descubrir por sí mismo quien sea un buen poeta, pero no está preparado en general para esa labor de descubrimiento, Debe creerse, pero a medias, lo que dicen los presentadores de los libros, siempre amigos; debe fiarse, pero a medias, de lo que explican las solapas de los poemarios, siempre laudatorias en exceso. Y si decide tirar la toalla pero sigue interesado en poesía (oh, magnífico lector) acabará siendo guiado dócilmente por los antólogos al uso. Que, todo sea dicho, no me parece que siempre sean tan entendidos: por seguir modas y modos, pierden el bosque de vista, y olvidan mi postulado anterior: la poesía que me interesa es la buena, sin otros adjetivos. Lo de las modas está bien, pero creo que cuadra más a los trapos que a la poesía.

En este momento, me contemplo haciendo lo mismo que llevo un rato criticando: estoy echando balones fuera, no yendo al grano de lo que llamo "buena poesía". Así, pondré ejemplos de poemas que me han impresionado, desde el albor de la lengua a nuestros días, y que el lector decida por sí mismo. Desde luego, en modo alguno leeré poemas míos.

 

Y empezaré por el que creo uno de los más interesantes poemas escritos en español, por su concisión, por su universalidad, y sobre todo por su polisemia: el anónimo "Romance del prisionero". En sus dieciséis versos, el octosílabo que empezó su carrera triunfal en nuestra lengua hacia el siglo XIV, logra crear misterio y belleza. Compendia todas las perspectivas, desde el cosmos al individuo; expresa la soledad absoluta o la desesperación llena de delicadeza por la injusticia suprema. Es, en fin: una joya de nuestra lengua y de la expresión poética.

 

Anónimo (España, ¿sglo XV?)

ROMANCE DEL PRISIONERO

 

Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor,

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión

que ni sé cuando es de día

ni cuando las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero,

déle Dios mal galardón.

 

Quevedo fue, sin duda, uno de los poetas de la lengua española que llevaron a sus últimas consecuencias la integración entre significante versal, significado poético y significado conceptual. Esas tres vertientes unidas, rara suma que compendia la expresión poética, están presentes en casi cada verso del poema singular que sigue, seguramente uno de los más conocidos de nuestra lengua. Como quizás sea el último verso del poema el más conocido de la poesía española, con aquéllos de "A las cinco en punto de la tarde", "Volverán las oscuras golondrinas" o "...pero el cadáver, ay, siguió muriendo."

 

Francisco de QUEVEDO (Madrid, 1580-1645):

AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama el (1) agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

(1) En otras versiones, "la"

 

Un solo libro, publicado después de su muerte, Rimas y leyendas, ha bastado para elevar al sevillano Bécquer a las cimas más altas de la poesía en español. Su exquisita sensibilidad, su don para la gloriosa sencillez, bastan para hacer olvidar sus posibles préstamos de poetas como Heine. Renueva profundamente las esencias románticas, actualizándolas y evitando sus excesos; en Bécquer la naturaleza presta armoniosa su capacidad de concitación al poeta; en Bécquer, lo etéreo y lo espiritual son apoyatura necesaria para llegar a una concepción sensorial pero sin estridencias del amor, aún al erotismo en el más hermoso y vitalista sentido, y a una concepción completamente actual de la poesía, "natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra", diría él mismo.

 

Gustavo Adolfo BÉCQUER (Sevilla, España, 1836-1871)

VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS (Rima LIII)

 

Volverán las oscuras golondrinas

de tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez, con el ala a tus cristales,

jugando, llamarán;

 

pero aquellas que el vuelo refrenaban,

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres,

esas... ¡no volverán!

 

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez, a la tarde, aun más hermosas

sus flores abrirán;

 

pero aquellas cuajadas de rocío,

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer, como lágrimas del día...

esas... ¡no volverán!

 

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará;

 

pero mudo, y absorto, y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido... desengáñate,

¡así no te querrán! (2)

(2). Un poema de Alexander Pushkin, el gran romántico ruso, dice algo parecido, pero acaba así: "Sólo pido que te quieran como yo".

 

En las postrimerías del siglo XIX, aparecen los dos libros de Rubén Darío que recogen, primero, el testigo parnasiano francés (Azul, 1888); luego, las innovaciones también francesas, de Hugo, Verlaine y otros (Prosas profanas, 1896). Su efecto sobre los poetas de España y de América es instantáneo, colosal y completo: ha nacido el Modernismo. ¿Que Rubén Darío no fue innovador absoluto, pues copió a los franceses, y anticipaciones ya hubo en otros poetas a su reacción contra el Romanticismo? ¿Que Darío pronto vio que la simple renovación métrica y formal era un camino sin salida, y en sus libros siguientes (Cantos de vida y esperanza, 1905; El canto errante, 1907; Poema del otoño, 1910) abre su abanico de posibilidades y reniega de su primer aliento? No importa; ello no le resta mérito, pues él fue quien rompió los alocados y efímeros esquemas, si es que los hubo, del Romanticismo. Pero es Rubén más, mucho más que un renovador (o 'restaurador' como alguno le dice) de antiguos metros, de sonoridades versales; detrás de sus fuegos sonoros y rítmicos hay búsqueda de armonías internas, de conocimiento a través del buceo en el misterio. Con Rubén tienen los poetas de hoy una deuda gigante, pues no sólo estableció esos objetivos de belleza formal e innovación léxica, sino que, acosado por sus miedos personales, sondeó en las profundas cavernas del inconsciente y abrió surcos para las vías no racionales del conocimiento, áreas ambas sin las cuales no habría sido posible la actual poesía postvanguardista.

 

Rubén DARÍO (León, Nicaragua, 1867-1916)

VERLAINE. RESPONSO.

 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste,

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste

diste tu acento encantador.

¡Pánida! ¡Pan tu mismo, que coros condujiste

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,

al son del sistro y del tambor!

 

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera;

que se humedezca el áspero hocico de la fiera

de amor, si pasa por allí;

que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;

que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne,

y de claveles de rubí.

 

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,

ahuyente la negrura del pájaro protervo

el dulce canto de cristal

que Filomena vierta sobre sus tristes huesos,

o la armonía dulce de risas y de besos,

de culto oculto y florestal.

 

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto;

que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,

sino rocío, vino, miel;

Que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,

¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres

bajo un simbólico laurel!

 

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,

en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,

tu nombre ponga en la canción;

y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche,

con ansias y temores entre las ninfas luche,

llena de miedo y de pasión.

 

De noche, en la montaña, en la negra montaña

de las Visiones pase gigante sombra extraña,

sombra de un Sátiro espectral;

que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;

de una extra-humana flauta la melodía ajuste

a la armonía sideral.

 

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;

tu rostro de ultratumba bañe la luna casta

de compasiva y blanca luz;

y el sátiro contemple, sobre un lejano monte,

una cruz que se eleve cubriendo el horizonte,

¡y un resplandor sobre la cruz!

 

El "andaluz universal", como fuera conocido el poeta de Moguer, Juan Ramón Jiménez, escribió poemas extraordinarios que todo el mundo conoce, desde los textos de Platero y yo, hasta los poemas de Animal de fondo, o de Espacio, en "prosa poética", como se ha dado impropiamente en llamar a los textos no escandidos en versos. Recuerdo el que sigue, cuya lectura por Rafael de Penagos ante la doble tumba en Moguer del poeta y de su esposa Zenobia Camprubí, fue una de las emociones más intensas de mi vida:

 

Juan Ramón JIMÉNEZ (España, 1881-1958):

EL VIAJE DEFINITIVO

 

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

 

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

 

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostáljico...

 

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin poco blanco,

sin cielo azul y plácido....

Y se quedarán los pájaros cantando.

 

La voz del peruano César Vallejo sigue sonando alta y clara en nuestros oídos. La terrible vida de este poeta único cobra acentos cada vez más intensos en sus últimas composiciones, recogidas tras su muerte en España, aparta de mí este cáliz. El poema "Masa", uno de los más interesantes y potentes de su obra, expresa el poder de la unión de los hombres para conseguir lo que sea preciso, aun la vuelta a la vida, como en este caso. Los dos versos "pero el cadáver, ay, / siguió muriendo" están entre los más recordados y mágicos de la poesía en español.

 

César VALLEJO (Perú, 1892-1938):

MASA

 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: "No mueras, ¡te amo tanto!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos

con un ruego común: "¡Quédate hermano!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar... (3)

(3) El esquema fónico de este poema es: 7 / 7-7 / 11 / 11 // 11 / 11 / 11 // 7-9 / 7-11 / 11 // 11 / 11 / 11 / 3-9 / 5 – 11 / 9 / 11 (hay un endecasílabo con acento en 5ª, el 6º en su orden)

 

A Vicente Huidobro, poeta chileno, cabe la gloria de haber sido quien tuvo una mayor influencia en la entrada de las Vanguardias en las letras españolas, a raíz de su famosa conferencia en el Ateneo de Madrid. Él, al contrario que Breton, propugnaba un control total del poeta sobre las imágenes que el subconsciente fuese dictando (en realidad, todo apunta a que los propios surrealistas también lo hacían sin confesarlo). Así, su Creacionismo, como el llamó a su teoría poética, pedía por ejemplo al poeta que "hiciese florecer la rosa en el poema", no que tomase la flor a través de los sentidos. El poema elegido, muy significativo en la teoría del Creacionismo, es al tiempo un manual y un ejemplo de alta poesía. Como cuando llega a decir: "Solo para nosotros / viven las cosas bajo el sol".

 

Vicente HUIDOBRO (Chile, 1893-1948):

ARTE POÉTICA

 

Que el verso sea como una llave

que abra mil puertas.

Una hoja cae; algo pasa volando;

cuanto miren los ojos creado sea,

y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;

el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.

 

El músculo cuelga,

como recuerdo, en los museos;

mas no por eso tenemos menos fuerza:

el vigor verdadero

reside en la cabeza.

 

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!

Hacedla florecer por el poema;

solo para nosotros

viven todas las cosas bajo el sol.

 

El poeta es un pequeño dios.

 

Uno de los cultores de la lengua que más hondamente sintieron la poesía, un poeta integral, fue Federico García Lorca, que dio nuevo sentido a la poesía popular y que interpretó como nadie el alma andaluza y la de los gitanos. En el poema que sigue, no muy conocido y uno de mis favoritos del poeta granadino, la "muerte pequeña", como algunos han llamado al miedo, otros al odio, juega en la voz de Lorca un papel misterioso, que solo por intuición se puede asignar al amor no conseguido, quizás al dolor que produce la luna hostil. Es de gran interés el acento andaluz que consiguen los dos versos asimétricos "atravesando montes sin fin / de flores secas"; aunque juntos forman un alejandrino, la cesura versal obliga a una pausa que significa una inflexión en el ritmo de gran valor fonético.

 

Federico GARCÍA LORCA (España, 1898-1936):

CANCIÓN DE LA MUERTE PEQUEÑA

 

Prado mortal de lunas

y sangre bajo tierra.

Prado de sangre vieja.

 

 

Luz de ayer y mañana.

Cielo mortal de hierba.

Luz y noche de arena.

 

 

Me encontré con la muerte.

Prado mortal de tierra.

Una muerte pequeña.

 

 

El perro en el tejado.

Sola mi mano izquierda

atravesando montes sin fin

de flores secas.

 

Catedral de ceniza.

Luz y noche de arena.

Una muerte pequeña.

 

Una muerte y yo un hombre.

Un hombre solo, y ella

una muerte pequeña.

 

 

Prado mortal de lunas.

La nieve gime y tiembla

por detrás de la puerta.

 

 

Un hombre, ¿y qué? Lo dicho.

Un hombre solo y ella.

Prado, amor, luz y arena.

 

 

La voz del sevillano Luis Cernuda, cuyo centenario estamos conmemorando este año (4), sigue creciendo en su volumen e influencia. Pero él siempre habló como en voz baja, buscando los jardines interiores más que el ruido de la multitud. Hay en el poema que elegí un temblor de miedo al asalto de los de fuera, un deseo del nirvana que se alcanza por la autonegación. Es conmovedor, más aún, estremecedor, cuando llama al amor "ángel terrible" que esconde su dureza en el pecho del poeta.

(4) Este fragmento de texto se escribía en 2002.

 

Luis CERNUDA (España, 1902-1962):

DONDE HABITE EL OLVIDO,

en los vastos jardines sin aurora;

donde ya sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.

 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.

 

A partir de 1940, han aparecido hasta dos docenas de poetas de primerísimo nivel en España y América. Pero pensamos que quizás es pronto para que un juicio sobre sus respectivos méritos tenga validez hacia el futuro. Por ello, elijo uno de ellos tan solo, como muestra de lo que la recapitulización, esto es, la decantación de las enseñanzas del pasado puede singnificar en la obra de los nuevos cultores de la poesía.

Poeta y ensayista cordobés, nuestro contemporáneo y premio Nacional de Literatura, Leopoldo de Luis ha evolucionado desde su posición de privilegio en la poesía social a una visión de la realidad llena de originalidad. Como en el poema que sigue, que el autor generosamente me dedicó y en el que la presencia de una silla vacía se convierte en un problema, quizás en una acusación, para los presentes. Poema enigmático, de resonancias casi kafkianas, esa silla vacía se queda asolando la memoria largo tiempo después de la lectura. Por algo fue este poeta quien dijo que "la poesía es un bálsamo que evita que se pudran los cadáveres de la memoria".

Leopoldo de LUIS (España, 1918-2005)

LA SILLA VACÍA

 

          Para Juan Ruiz de Torres

Una silla vacía hay en la sala.

No sé bien para quién. Está vacía.

Desde luego sí sé que no es la mía:

mi silla, más modesta, no la iguala.

¿Por qué estará vacía? Nadie viene

a ocupar esta silla. ¿A quién espera?

Todos sentados ya, y alguien de fuera

su llegada anunciada acaso tiene.

Nadie. No viene nadie. Nadie acude.

Mas el que está sentado que no dude:

vacía, algún papel la silla juega.

Y se convierte en una pesadilla

para todos mirar que está la silla

vacía y esperando al que no llega.

La anterior muestra de poemas no agota, evidentemente, el número de mis favoritos, que a lo largo de los siglos y a lo ancho del mundo de la lengua española son muchos, quizás centenares. Pero la muy limitada duración de esta sesión no puede prolongarla.

 

* Parte del texto se encuentra en el trabajo "Encuentro con la poesía", APP, Madrid, 2002.

Leido en el 44º Congreso de la Asociación Canadiense de Hispanistas, University of Vancouver, Canada, 2008.

 

 

 

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