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El ascensor PDF Imprimir E-mail
Narrativa

 

 

Ciego de furia, entró en la aldea con el fusil ametrallador en la mano. Recordaba a tantos camaradas muertos y no sintió piedad alguna por los aterrados aldeanos, que corrían a esconderse inútilmente dentro de las chozas. Con sus compañeros, los fue atrapando uno por uno, acribillándolos. Ellos gritaban, pedían favor en su lengua gutural, pero él no escuchaba, no quería escuchar.

Tras la casa mayor del poblado, una mujer se tapaba la cara con las manos. Junto a ella, se acurrucaba una niña pequeña. Se acercó en tres zancadas, y le dio un culatazo violento a la mujer, que cayó fulminada, y se dispuso a acabar con la niña. Pero, ante su sorpresa, ella se acercó y se refugió en él, abrazando sus piernas y cogiendo su mano libre.

De pronto, se sintió sin fuerzas para golpearla. Soltó el arma, alargó su mano y le acarició el pelo, con una extraña sensación en la garganta. En ese momento, explotó la bomba.

* * * 

Se encontraba en una sala inmensa, de techos altísimos; en realidad, no alcanzaba a verlos. Sólo la luz dura, intensa, sobre el suelo blanco y reluciente.

Frente a él, una puerta metálica, evidentemente la de un ascensor. A lo largo de la larguísima pared, muchas otras puertas daban al parecer a otros tantos ascensores, y frente a cada una de ellas, largas filas de personas, sin forma ni rostro.

La puerta del ascensor se abrió, en muda invitación para que entrase. Y aunque sentía confusamente que había otros tras él, ninguno intentó acompañarlo cuando entró en la cabina.

La puerta metálica se cerró. Un letrero parpadeó en la pared: "Espere". No había más que dos indicadores, señalados con flechas, arriba y abajo.

En un momento doloroso, supo que se encendería la flecha hacia abajo; su vida no merecía otra dirección.

Y esperó. Esperó, mientras su pasado lamentable pasaba tras sus ojos: la miseria del barrio natal, los pequeños hurtos a su madre, el colegio odiado, las pandillas, los robos con violencia, la primera pistola, el primer muerto. Y luego, el alistamiento voluntario en el ejército de mercenarios, los crueles años de botín, de muerte, de despilfarro, de droga y extorsión.

Hasta este final, frente a una niña que una vez ¿cuándo fue eso? se refugió junto a sus piernas y le cogió la mano libre de fusil.

Esperó. Lleno de dolor, lamentó por primera vez la pena que había causado. Recordó a sus padres, a su hermana, a sus pocos buenos amigos que le abandonaron hacía tanto tiempo.

Esperó. Contempló su vida inútil, y decidió que era hora de rendirse. Desde sus estudios incompletos, le llegó una confusa frase: "Abandonad toda esperanza".

Pero la frase de Dante no le rindió. Por primera, por única vez en su vida, deseo que ella hubiese sido distinta, porque él tenía algo que podría haber ofrecido a los otros, y lo lamentó con todas sus fuerzas.

En ese momento, el ascensor empezó a moverse suavemente, Inequívocamente, hacia arriba.

(En Casi todos los angeles tiene alas y otras historias raras, 2007) 

 

 

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