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Robinsón PDF Imprimir E-mail
Narrativa
Por la mañana, tiende sus anzuelos. No está teniendo demasiado éxito estos días. Parece como si los peces tuvieran menos interés por sus cebos. ¿Y qué va a poner, si no encuentra a su alrededor nada con sustancia? Intenta recordar cómo era antes, hace unos años, unos meses siquiera. En la inmensidad del curvo horizonte, no ha cambiado el panorama desde hace tiempo. Siempre gris, ahora siempre es gris, no sabe por qué. ¿No había antes colores, variedad en vez de esta horrible monotonía? No puede recordar con precisión el aspecto, la forma, el sabor de aquella variedad.

Qué le va a hacer. Se sienta de nuevo en su escritorio, el séptimo empezando desde la puerta. Remueve un poco los escasos papeles de la bandeja ‘Entrada’, los de la bandeja ‘Salida’. “Yo había dejado esta carta aquí ayer, no, anteayer, y no la han recogido”. Verdad es que no tiene mucha importancia que salga pronto o no, pero eso no está bien. “¿Y a quién me quejo?”.

Mira los dos teléfonos sobre la mesa: le parece que están cubiertos de polvo, aunque sabe que eso no puede ser. No recuerda cuándo fue la última vez que sonaron. Levanta el auricular: el tono es normal, y le invita a hacer una llamada. A poco, el sonido cambia a “ocupado”; no se puede esperar tanto sin usarlo.

Mira al sol: está muy alto. No se puede intentar más la pesca esta mañana. A ver si por la tarde hay más suerte. Se mete bajo el sombrajo: hay restos de la torta que coció ayer, algo de pescado salado, frutas un poco pasadas. Come sin apetito. Bebe de la calabaza unos sorbos de agua tibia. Se limpia la boca con el dorso de la mano. Luego, entra en los servicios, detrás de la oficina de su jefe, y se lava escrupulosamente los dientes. “Eso no voy a dejar de hacerlo, tenga pereza o no”. La pasta de dientes sabe demasiado a menta, demasiado artificial.

Se tumba sobre los arbustos secos que le sirven de cama, y queda dormido casi instantáneamente. Su sueño es agitado, lleno de confusas pesadillas. A veces está en medio del océano, sin nada que ver en millas a la redonda más que el chapoteo incesante de las olas, el cielo infinitamente lejos, el curvado horizonte hostil. También en algunos momentos ve a su alrededor la masa informe de la gente que entra, que sale de la boca de los metros, de los autobuses, de los enormes edificios de oficinas.

Se despierta a poco, y ve que en la gran oficina no hay apenas gente; se han marchado todos mientras él dormitaba. Recoge la mesa, aunque no hay mucho que recoger.  Levanta la cabeza, pero nadie le hablaba.

De pie junto al escritorio, medita unos instantes. Es decir, se queda inmóvil, como  si pensase, aunque nada pasa por la pizarra de su mente. Coge el ascensor hasta la planta baja, musita un “hasta mañana” a los vigilantes en la recepción.
   
Afuera, empieza a lloviznar. Esto no lo esperaba: el cielo ha estado gris pero sin nubes todo el día. Coge una ancha hoja de plátano, ya mustia, junto al sombrajo, y se aleja despacio por la arena hacia su cabaña entre los grandes árboles.
   
Decide entrar en un cine, ya cerca de su casa. Hay en la pantalla una extraña película de Kurosawa, en blanco y negro, donde un hombrecillo pelea contra su cáncer y contra  los demonios de su polvorienta oficina. “Eso no lo entiendo. ¿Por qué ese tipo no se rebela contra la esclavitud? Porque es evidente que es un esclavo”. Se aburre. A media película se levanta y sale. Se quita las sandalias y camina sobre la arena, aún tibia.
   
La gente se apresura también hacia sus casas. Él, con nimias excusas, se dirige a las sombras que caminan rápido, con el rostro de color anónimo. Les hace confidencias: “Perdone,  ¿Vd. no cree que cada vez hay menos luz en esta calle?”. Le miran  de soslayo, como si estuviera loco, sin conocerle; no le contestan nunca. Y sin embargo, de muchos recuerda el rostro, el ademán, los paquetes bajo el brazo. A veces oye voces, ve rastros de sonrisa que en seguida se pierden entre la multitud.

El sol está muy bajo. Como cada tarde, recorre paso a paso la playa, busca huellas. No las halla. Ahora, tras tanto tiempo, ya está convencido de que el  encuentro con ese Viernes, con ese alguien, con ese algo, nunca se producirá.

Cada día su desaliento crece, va un poco más a ciegas. Ya ni se toma en serio sus queridos sueños.

Para él, la ciudad no es ni siquiera isla..

(En Historias de la soledad, 1966)
 

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